08/06/2026
𝐋𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐜𝐮𝐞𝐫𝐩𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐜𝐚𝐧𝐬𝐨́ 𝐝𝐞 𝐬𝐞𝐫 𝐭𝐮𝐦𝐛𝐚
𝐍𝐨 𝐞𝐫𝐚 𝐠𝐫𝐚𝐬𝐚 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐞 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐚𝐛𝐚, 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐝𝐫𝐞. 𝐄𝐫𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐚𝐣𝐞𝐧𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐚𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐢́ 𝐚 𝐝𝐞𝐯𝐨𝐥𝐯𝐞𝐫. 𝐘 𝐞𝐬𝐨, 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐮𝐧𝐨 𝐥𝐨 𝐜𝐚𝐥𝐥𝐚, 𝐩𝐞𝐬𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚.
Mire, compadre, siéntese aquí un momento. Pídase un ron, que yo invito, o mejor pídalo usted, que a mí siempre me da vergüenza pedir. No sé si usted ha sentido alguna vez que su cuerpo no le pertenece. Que es un museo de todo lo que le pasó a su gente antes de que usted naciera. Yo lo siento desde que tengo memoria. Y no es poesía, no. Es grasa. Es peso. Es la herencia de los mu***os instalada en mis caderas como quien se instala en una casa que no piensa abandonar.
Déjeme que se lo cuente todo. Le ruego que no me juzgue, o que me juzgue solo un poco, lo suficiente para que sepa que me está escuchando. Porque una pasa media vida explicando su cuerpo a médicos que no miran a los ojos, a dietistas que recetan planes como quien receta plegarias, a familiares que dicen «cierra la boca, muchacha, que eso no es hambre, es ansiedad». Y una se calla. Se calla porque lo que tendría que decir es tan largo, tan sucio, tan lleno de sótanos y de mu***os, que mejor se come otro pedazo de pan y se lo traga con la vergüenza.
Hace calor en La Habana. Siempre hace calor, pero hay calores distintos. Está el calor del mediodía, que es un calor de metal y asfalto, y está el calor de la madrugada, que es un calor de sábanas húmedas y recuerdos que se pegan a la piel como una segunda camisa. Yo conocía bien esos dos calores, pero había un tercero. Uno que venía de dentro, del horno lento de la ansiedad, de la caldera que alguien encendió en mi infancia y que nadie supo apagar. Ese calor no se iba con una ducha fría ni con un vaso de ron. Ese calor era mi temperatura base desde que tengo uso de razón.
Verá usted: durante más de veinte años me declaré la guerra. Pero no fue una guerra de las que salen en los periódicos, con sus fechas y sus generales. Fue una guerra sucia, doméstica, de las que se libran en la cocina a las tres de la madrugada, cuando todos duermen y una abre el refrigerador con la desesperación de quien busca a Dios en un pedazo de pastel. Conté calorías como un avaro cuenta sus monedas. Me untilde el cuerpo de ejercicios, de dietas, de castigos. Y cada mañana la báscula —esa p**a despiadada, compadre, perdone la palabra— me devolvía el mismo veredicto: culpable.
Pero hay una verdad que descubrí tarde, o no tan tarde, porque las verdades del alma nunca llegan a destiempo. La descubrí un atardecer en el Malecón, viendo cómo el mar se tragaba el sol con la misma indiferencia con que la vida se traga los sueños de una. Mi cuerpo no era un enemigo. Mi cuerpo era un archivo. Un archivo donde estaban escritas, con tinta de células y papel de piel, todas las historias que mi familia no había querido contar.
Cuando era una niña —una niña con trenzas y zapatos rotos, compadre, una niña que todavía creía que el mundo era un lugar seguro—, alguien profanó el templo de mi piel. No me pida detalles, que hay dolores que no se narran, se llevan. Pero aquel día, o aquella noche, mi cuerpo tomó una decisión que mi mente aún no podía formular: se haría grande. Se haría tan grande que nadie, nunca más, podría volver a tocarla sin su permiso. Y la grasa —esa que los médicos llaman exceso y los dietistas pecado— fue mi armadura. ¿Es eso un error del metabolismo? ¿O es acaso la inteligencia más honda de la materia, esa que no razona pero actúa, esa que no habla pero protege?
Pero no era solo el miedo, compadre. Era también el vacío. Ese vacío con forma de madre. Mi mamá siempre estaba a punto de irse, incluso cuando se quedaba. Estaba sin estar, ¿me entiende? Su mirada estaba en otra parte. Su abrazo era un simulacro. Y yo, para llenar ese hueco, comía. Comía pan, comía dulces, comía todo lo que encontraba. Comer era traerla de vuelta. Almacenar grasa era retenerla, hacer acopio para un invierno que empezó en mi cuna y amenazaba con durar toda la vida.
Y luego estaban los otros, compadre. Los que no llegaron a nacer. En mi familia hubo niños que se fueron antes de morder el aire, hermanos que quedaron en el limbo de los que no tienen nombre. Y yo, por una lealtad que no elegí, me convertí en su tumba. Mi grasa les dio carne. Mi cuerpo se hinchó para hacerles sitio. Porque en la familia nadie puede ser olvidado. Y si los vivos no recuerdan, los mu***os se hacen kilo.
Hay un científico americano, un tal Porges, que explica esto mejor que yo. Dice que el sistema nervioso no distingue entre un león que te persigue y un recuerdo que te acosa. Y yo lo sé, compadre, vaya si lo sé. Mi nervio vago —ese hilo que va del cerebro a las tripas— se quedó atascado en modo guerra. Mi cuerpo seguía huyendo de peligros que ya eran polvo, de enemigos que ya estaban mu***os, de ausencias que ya no podían ser colmadas. ¿Comprende ahora por qué fracasaban todas mis dietas? No era falta de voluntad. Era un exceso de memoria.
Pero entonces, compadre, apareció el Método de Resonancia Límbica TriFOCAL. O mejor dicho: apareció una palabra. Apapacho. Dicen que viene de los toltecas y que significa acariciar el alma. Y yo, que llevaba media vida en guerra conmigo, entendí que apapachar era lo contrario de juzgar. Era bajar al archivo, abrir los legajos, y leer sin miedo.
Y bajé. En la penumbra del archivo de mi cuerpo encontré los expedientes. Cada kilo era un folio, cada pliegue una nota al margen. Aprendí a leerlos despacio, como quien hojea un libro viejo sin prisa, sin miedo a lo que va a encontrar. La respiración coherente me enseñó que se puede inhalar calma y exhalar sentencias que ya han prescrito.
Luego, en una de las carpetas más amarillas, me encontré con la niña del muro. No lloraba. Estaba sentada en un rincón, oliendo un pedazo de pan duro como si fuera el perfume más caro del mundo. Me senté a su lado. Pedí un ron doble, compadre, y me quedé callada. Al cabo de un rato ella me ofreció el pan. Olía a mi madre, a mi abuela, a todas las mujeres que me precedieron. Compartir el pan con los fantasmas: eso fue sanar.
Después reescribí el título del archivo. Donde antes decía «Fortaleza sitiada» ahora dice «Jardín con las puertas abiertas». Porque una es lo que se cuenta, y yo me contaba pura guerra. Sentir diferente requiere contarse diferente, y cuando una cambia el título del legajo, el cuerpo —que es el primer lector, el más leal— obedece.
Y en los sueños, compadre, esas novelas que una escribe sin querer mientras duerme, los mu***os salieron del archivo. Ya no me pedían que los cargara. Me daban las gracias, se echaban un café y se iban caminando despacio hacia la luz.
Hoy no peso lo que pesaba. No porque haya encontrado la dieta perfecta —esas no existen— sino porque encontré la paz imperfecta. Dejé de cargar a los mu***os. Dejé de llenar con comida el hueco de la madre. Dejé de creer que estar grande era la única forma de estar a salvo.
Y sin embargo, no soy feliz. No, compadre, no lo soy. Pero soy mía. Y eso es más de lo que nunca tuve.
Si usted, que me ha escuchado, ha sentido alguna vez que su cuerpo es un archivo de sombras, o que la grasa le protege de algo que no sabe nombrar, no se quede en la superficie. Baje. Abra el archivo. Lea los expedientes. Y devuélvale a cada quien lo que le pertenece.
Agende una consulta de diagnóstico y aprendizaje en el Protocolo de Resonancia TriFOCAL. En menos de una hora, en un espacio donde no hay juicio, solo apapacho, usted puede empezar a soltar lo que nunca fue suyo. Porque la armadura fue necesaria, compadre. Pero ya no lo es.
👤 Humberto Del Pozo López ©2026
💙 — Centro Bert Hellinger: Resonancia - Trauma - Constelaciones Familiares — 💙
Para aprender el método a través de relatos, identificando lo que ya haces, lo que te falta
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𝐀𝐏𝐀𝐏Á𝐂𝐇𝐀𝐓𝐄
𝐔𝐧 𝐥𝐢𝐛𝐫𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐚𝐜𝐞 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐧𝐬𝐞ñ𝐚
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